Hola. Pues aquí os dejo mi tercera
colaboración en Cuatro Suspiros.
Pero, a diferencia de las otras veces, esta hay un ligero cambio. Resulta que justo después de escribirlo, se formó en mi mente otro final. Una especie de final alternativo, menos dulce, más "realista" y, lo más importante, más acorde conmigo misma.
Es como una deuda a lo que hago, así que si a alguien le interesa, le dejo el texto por aquí.
La conoció en aquel cursillo con acuarelas y lo primero que pensó fue
que le sonaba de alguna parte. En ese momento, no supo ubicarla o
descubrir de dónde exactamente.
Dos días más tarde, después de
salir de un importante examen, la vio por el pasillo y se dio cuenta de
que llevaban compartiendo clase desde principios de curso aunque como no
se había fijado en sus compañeros, solo le había parecido conocerla.
Intentó hacer memoria para acordarse de su nombre y así poder saludarla pero no fue capaz y tuvo que renunciar a su propósito.
En la próxima clase, me fijaré cuando la nombren. se dijo.
Así que, una semana más tarde, cuando asistió a la siguiente clase del cursillo, se enteró de que se llamaba Jazmín.
Un nombre poco común. pensó.
Más
tarde, se propuso que a la salida, le hablaría y se presentaría. Quizás
ella sí le podría reconocer, aunque tampoco la conocía y no podía saber
si era de las personas que se fijaban.
Después de hablarle y ya
volviendo hacia casa, pensó que parecía una persona agradable o, al
menos, tenía una conversación interesante. Además, le había reconocido y
se acordaba de su nombre perfectamente.
Pasaron varias semanas y siempre a la salida, comentaban algo sobre los estudios, el arte o temas de actualidad.
Lo
extraño es que, muchas veces, se sorprendía acordándose o relacionando
algo con ella. Jamás era capaz de predecir qué tipo de conexión haría,
pero cada vez le ocurría más a menudo.
Cuando acabó aquel
cursillo y en un intento vago de mantener el contacto, se intercambiaron
los números aunque tenía cierto regustillo amargo de que no lo usaría.
Me gustaría marcar pero, ¿y si piensa que soy un insoportable? pensaba durante largas horas mientras miraba fijamente el teléfono como si fuera a sonar milagrosamente.
Varios
día más tarde, en una fría mañana de noviembre, al salir de clase, se
dio cuenta de que estaba lloviendo furiosamente, muy a su pesar, y había
tenido el descuido de no llevar paraguas. Al ver que no tenía otra
posibilidad, empezó a andar rápidamente intentando así evitar, en vano,
no mojarse.
De repente, dejó de sentir las gruesas gotas de
lluvia sobre su cabeza y empezó a oír el característico repitequeo que
produce la lluvia sobre un paraguas.
¿Cómo...? pensó mientras levantaba la vista.
Sí,
había un paraguas y al girarse para agradecerle a quién fuera que le
había ofrecido aquel resguardo, se encontró al dulce rostro de Jazmín.
—No hacía falta, pero muchísimas gracias.— le dijo.
—¿Cómo
que no? Estás calado hasta los huesos y vas a resfiarte como no te
cambies rápidamente de ropa. De todos modos, si hubiera sabido que no
tenías paraguas, te habría esperado y hubiéramos vuelto juntos. ¿Dónde
vives, exactamente?— le contestó con tono risueño.
Después de
descubrir que vivían en calles contiguas, empezaron a andar por la calle
mientras observaban a los demás peatones que intentaban protegerse de
la furiosa lluvia.
Cuando llegaron a su portal, le dijo si quería que
le esperase al día siguiente y recibió una respuesta afirmativa con
gran alegría.
Subió a su casa y se cambió de ropa mientras se
fijaba, por primera vez, de que tal y como había dicho Jazmín estaba
mojado. Se preparó una tila para evitar el frío y sacó su material de
pintura.
Como siempre que pintaba, dejó la mente en blanco y dejó que sus pensamientos fluyera sobre el papel, carboncillo en mano.
Cuando, ya se empezaba a distinguir aquello, vio que era un bosquejo sencillo de ella, de Jazmín.
Al principio, no supo cómo reaccionar. Es decir, había pasado el sutil límite entre la normalidad y lo anormal.
Podía
aceptar que se acordara de ella a veces, porque, al fin y al cabo, eso
lo hacía con todos. Pero que apareciera en su momento
íntimo, por llamarlo de alguna manera, era que le había trastocado demasiado su mente. Empezaba a ser preocupante.
Se
pasó toda la tarde dándole vueltas a aquel pequeño asunto y ya cuando
se metió en la cama, justo antes de caer en los brazos de Morfeo, pensó
que se había enamorado.
Al día siguiente, se vistió y no se
acordó de nada del día anterior hasta que sonó el timbre. Extrañado por
la hora, fue a mirar quién era con el resultado de que era Jazmín, que
cumpliendo su promesa, había ido a recogerle.
Le empezaron a
dominar los nervios pues no sabía cómo iba a reaccionar ante su
presencia pero, intentando controlarse, acabó de desayunar y bajó.
Estaba preciosa, aunque eso ya lo sabía desde el primer día, gracias a su sonrisa amable.
Sería lo que más destacaría de ella.
Ya de vuelta a casa, empezó a cavilar acerca de sus posibilidades.
No
le había oído mencionar a nadie en particular, pero también era
consciente de que la mayoría de las veces, solía guardarse sus opiniones
sobre los demás.
Cuando ya decidió que quizás eso era porque
no había nadie,
se echó atrás pensando en que ella parecía muy feliz y que, quizás, él
alteraría ese orden y fastidiaría todo volviéndola infeliz. O que se
sentiría demasiado culpable de no corresponderle y no fuera capaz de
mantener su amistad.
Eso sí que no. dijo indignado ante su último pensamiento. Podía callarse pero no podría aguantar tener que olvidarla.
Finalmente, decidió que lo dejaría pasar hasta estar seguro de alguna cosa o de tener alguna posibilidad.
El
tiempo, sin embargo, pasaba dolorosamente lento. La veía prácticamente
todos los días y observaba sus ligeros cambios de humor.
Algunos días
estaba más fría, otros más alegre, algunos, no tenía ganas de hablar y
otros, se le notaba a la legua que le necesitaba contar algo.
A la
larga, se convirtió en su confidente. Se enteró de secretos familiares,
riñas entre amigas, cotilleos propios de la edad, pero jamás mencionó a
alguien.
Sin
embargo. llegó el último mes de clase y ella le había comentado algo de
irse a estudiar a otra parte o incluso a otra ciudad y se le acababa el
tiempo y las esperanzas.
Finalmente, en un arrebato temerario, decidió que se lo diría el día de fin de curso.
Si
era correspondido, podían seguir viéndose y si no, pues se alejaría y
sería como nunca se hubieran conocido. Al menos, para ella.
Veía cómo los días pasaban y
ese día
se acercaba peligrosamente. A veces, creía que lo mejor sería echarse
atrás pero otras, se obligaba a sí mismo a pensar con optimismo.
Y llegó el día tan esperado y temido.
Se vistió y salió.
Estuvo
disfrutando de la gala y durante la ceremonia de entrega de los
galardones a los alumnos más destacados, la encontró entre el público.
Entonces, decidió que ese era el momento.
—Jazmín, te quería comentar una cosa porque ahora supongo que no nos veremos y, para mí, es importante.
—Adelante, soy toda oídos.
Y se lo contó todo. Cómo se fijó en ella, cómo empezó a cambiarlo, cuándo se dio cuenta, todo.
Cuando acabó, intentó sacar alguna conclusión por su expresión, pero no pudo porque era como si estuviera en shock.
Cuando se le pasó la sorpresa, su rostro volvió a la normalidad.
—¿Es broma?— fue lo primero que le preguntó.
No supo cómo responder. ¿Qué significaba? ¿Que deseaba que fuera una o que se resistía a creerlo?
—Ehm, no. ¿Debería serlo?
Entonces ella le explicó, con todo el tacto que se podía adquirir en una situación así, que lo sentía mucho pero que ella le consideraba un amigo.
Amigo. Nunca esa palabra le había sonado tan cínica y amarga. Incluso cruel si se tenía en cuenta la sensación que se le formaba en el pecho.
Se dio cuenta de que había sido un acierto decidir decírselo el último día. Ahora, podría alejarse de ella y evitar así el dolor de verla feliz y saber que sobraba en su mundo. Por supuesto, la seguiría viendo por la calle o coincidirían en algunos lugares públicos pero eso era inevitable.
Le dijo que la entendía y se alejó apesadumbrado.
Aquella tarde en la pared de una vieja factoría, se podía leer una nueva inscripción.
Fuiste como el jazmín,
pequeña e invisible
pero una vez te vi,
tu huella es imborrable.
Serás inolvidable.